Caído del monte Igman, el viaje de Muamer a Tommaso

Tommaso, primero/derecha de la fila inferior, en el monte Igman durante la guerra de Bosnia

Como llevaba haciendo 28 años, el 9 de noviembre de 1989, la República Democrática Alemana se acostó comunista. Fue una noche extraña, casi nadie pudo dormir, la resaca llegó antes que la fiesta. La celebraron el día después, el 10 de noviembre. El muro había caído. La avalancha humana colapsó la frontera, podían volver a abrazar a sus familias.

A 1.100 km de Berlín, en Belgrado, no se celebró ningún festejo. Todo lo contrario, la pesadilla no había hecho nada más que comenzar. La República Federal Socialista de Yugoslavia se desmoronaba, y los serbios, mayoría en la federación, lucharían para no hundirse solos.

El 25 de junio de 1991 comenzaría el declive, Eslovenia y Croacia se declararían independientes. El 8 de septiembre será Macedonia el que los siga. 6 meses después, el 29 de febrero, el pueblo de Bosnia-Herzegovina decide, a pesar del intento de boicot serbio, independizarse. Belgrado no aceptará la secesión de su vecino fronterizo, desencadenando el conflicto europeo más sangriento desde la II Guerra Mundial, con más de 98.000 víctimas.

El 6 de abril de 1992, tras el reconocimiento de la independencia bosníaca por parte de la Unión Europa, miembros del ejército Serbio atacarían objetivos civiles en la ciudad de Sarajevo. Las primeras gotas de sangre fueron derramadas, y por delante esperaban un millón de desplazados y tres años de asesinatos y violaciones.

Ese mismo día, en Foča, pueblo de 40.000 habitantes situado en la frontera de Bosnia con Montenegro, un chico de 15 años intenta recuperar matemáticas. Aunque el primer examen fue un desastre, este parece diferente: X + 1 = X × 2/3. Parece más fácil que el primero. Se escucha un estruendo, los cristales del ventanal tiemblan. El profesor está tan blanco que a través de él se puede ver lo escrito en el encerado, al igual que el vidrio sigue temblando. “Muamar, hay que salir de aquí”. El profesor coge al chico de la mano: “Vámonos a casa”. Durante el camino los estallidos no cesan, hay casas derruidas, familias llorando al lado de lo que antes fue un hogar, coches que salen disparados de todos lados. Solo faltan un par de calles más, un giro más.

Donde debería estar la casa de Muamar solo quedan ruinas. El chico suelta la mano del profesor y se lanza bajo los cascotes. Empieza a gritar: “¡Mamá!”, “¡Papá!”. Nadie responde, no volverá a verlos. Se escucha un nuevo estallido, Muamar salta por los aires. Era una granada, el estallido le ha herido el pie. La cicatriz le acompañará toda su vida. Dice que a día de hoy todavía le duele, mientras muestra un pie hinchado, malherido.

Tommaso charla con un militar italiano. Fotografía cedida

Serán el miedo y el dolor los que lo espanten de allí, en completo estado de shock llegará a casa de su tía. Será ella la que le limpie el pie y haga las primeras curas. No puede hacer mucho más, el tiempo apremia. Su tío ya está recogiendo ropa y comida. Se marchan a Croacia.

“El viaje se hizo eterno, marchamos nada más salir el sol. Tardamos semanas en llegar a la frontera con Croacia. Teníamos que tener cuidado, bordeábamos las ciudades, no podíamos ser vistos, iban a por los musulmanes”. Al llegar a la frontera los detuvieron, únicamente podían pasar mujeres, ancianos y menores de 15 años. Solo pasó su tía. Muamar y su tío fueron enviados al frente.

Recibió dos semanas de adiestramiento antes de ser enviado al monte Igman, al oeste de Sarajevo. Tras unos meses en la cocina le dieron un M48, una carabina de la II G.M., y lo convirtieron en soldado raso. “Era casi tan alta como yo”. Entre bombas y disparos su mente comenzó a nublarse. “En aquella montaña me volví loco, no sabía contra quien peleaba, quienes eran mis compañeros, no sabía de quien escapaba”. Estaba nervioso, no era útil en el frente y le dieron diez días de descanso. Había pasado casi un año.

Utilizó el permiso para visitar a su tía en la península de Istria, al noroeste de Croacia, allí había sido arrojada a un penoso campo de refugiados. “Era la primera vez que salía de Bosnia. Aquello era un mundo aparte, hablaban mi lengua pero no había rastro de la guerra, la gente charlaba en las terrazas, las chicas paseaban en minifalda. Parecía el paraíso”. No volvió al frente, un nuevo mundo se abrió ante sus ojos. Los diez días de permiso se convirtieron en un año. Su tía lo escondía junto a su tío, que también había desertado. “Llegamos a dormir en una cochiquera. Algunos soldados bosnios nos avisaban antes de que realizasen la redada, cogíamos un bote y nos lanzábamos a la mar, allí esperábamos hasta que mi tía venía a buscarnos”.

Tommaso durante una visita a San Petersburgo

Tommaso durante una visita a San Petersburgo. Fotografía cedida

Para ganarse la vida bajaba al puerto y ayudaba a los marineros a arreglar embarcaciones y a limpiar las redes. Desde el astillero, los días de cielo despejado se podía ver Italia. Aprendió a tratar la madera y comenzó a chapurrear italiano, idioma que se habla en toda la zona oeste de Istria. Cuando alcanzó cierta soltura, la Cruz Roja Italiana lo utilizó como intérprete en el campo de refugiados bosníaco. Le pagaban 50.000 liras. Poco a poco iría ahorrando dinero, el billete en barco de Istria a Trieste costaba 300.000 liras. Era la única forma de ir a Italia, los eslovenos habían prohibido el paso por su territorio.

Siguió trabajando con los marineros y La Cruz Roja hasta que un día se acercó al muelle y compró el billete. Le ofrecieron ida y vuelta y él asintió con la cabeza, nadie podía saber que no tenía pensado volver. Su objetivo no era visitar Italia, su viaje terminaba en Suiza. Tenía familia allá, un tío que se había marchado antes de la guerra, le había ido bien. Lo recibieron con los brazos abiertos. Su tío le dio un hogar, un techo bajo el que dormir. Tenía 18 años. Atrás quedaba el monte Igman, los cañonazos y  el campo de refugiados. Una nueva etapa empezaba para Muamar, desde la neutralidad suiza los Balcanes quedaban muy lejos.

Mientras Muamar comenzaba una nueva vida, en julio de 1995, tras tres años de asedio, fuerzas serbias entrarían en la ciudad de Srbrenica, Bosnia, dejando tras de sí 7.500 cadáveres musulmanes. Ante la pasividad de la UE, Estados Unidos tomaría las riendas del contingente, doblegando a Serbia y obligándola a firmar los Acuerdos de Dayton. Por fin Bosnia era libre.

Tommaso en la Rambla del Raval. Fotografía: Álvaro Sevilla

A Muamar le llegó la noticia estando en casa de su tío. Se abrazaron, la pesadilla había terminado. Semanas más tarde le contaron que el ejército italiano necesitaba traductores de bosnio. Había intentado conseguir trabajo en Suiza, sin fortuna. Esa noche cenó con su tío, recogió sus cosas y pasó la noche en vela. Después de tres años volvería a Bosnia.

No tuvo problemas para conseguir el trabajo. El ejército italiano se había expandido por todo el país, si algo necesitaban era alguien que los entendiese. El trabajo consistía en encontrar y desinstalar todas las minas colocadas por los serbios. “Recuerdo aquellos cacharros perfectamente”. Muamar hace un dibujo en el aire con dos dedos. “No las olvidaré nunca”. Los artefactos eran de fabricación italiana, “Las conocían perfectamente, las habían visto miles de veces. Ellos coordinaban a nuestro ejército, que era el encargado de encontrarlas, finalmente los portugueses las destruían.”

Llevaban 900 cuando el trabajo se complicó. “Las últimas no había forma de encontrarlas. Los italianos tenían informes de que había 916 minas en la zona. Tardamos una semana en encontrar 15 más, pero la última, ¡La última estuvimos dos semanas buscándola y no conseguimos encontrarla!”. Se ríe. Eran tiempo felices, “tenía dinero, nos pagaban en dólares, me gustaba mi trabajo”, hasta que lo reclamaron para formar parte del ejército bosnio. Cuando lo supo no dudó, volvería a desertar. Escapó de Bosnia y se refugió en Italia. Se instaló en Verona, tenía ahorros. A partir de aquí la historia de Muamar se nubla, las drogas lo irán atrapando lentamente.

Comenzó a fumar marihuana y a regentar pequeños casinos, jugaba toda la noche a las tragaperras. “Cuando empiezas no sabes a dónde vas a llegar. Empecé a cansarme de la marihuana. Un conocido me ofreció fumar lo mismo que él, solo después me enteré de que estaba fumando heroína, si lo hubiera sabido no lo habría hecho”. La heroína lo apresó completamente, “Si lo hubiera sabido no lo habría hecho nunca”, repite. Fumaba todos los días.

Escapando de sí mismo se marchó a Milán, “Pensé que podría encontrar trabajo allí, pero era demasiado tarde, estaba enganchado. Tenía fiebre, náuseas, los ojos inyectados en sangre. No duraba ni dos días en los centros de desintoxicación”. Pasó a inyectarse también cocaína. “No trabajaba, conseguía la droga porque los bosnios me dejaban el gramo a mitad de precio. Me aprovechaba de la gente de la calle, les decía que yo les conseguiría el material, entonces compraba un gramo para ellos y otro para mí”. La fórmula era fácil y con ella llegó a meterse 7 u 8 gramos al día. El 25 de mayo de 2004 volvió a utilizarla, compró heroína. Tuvo peor suerte que nunca, era demasiado pura. En pleno éxtasis, perdió el control de sí mismo, se desplomó.

Cuando se despertó era 27 de julio, habían pasado dos meses, ¿Quién era? ¿Dónde estaba? ¿Qué coño había pasado? “Te llamas Muamar Maslo”, repetía una enfermera continuamente. Poco a poco fue recuperando la memoria. Una vez se estabilizó, tuvieron que enviarlo a un centro de desintoxicación. Le ofrecieron metadona pero la rechazó, “No la necesité. Cuando me internaron fui a la iglesia del centro y le pregunté al cura que tenía que hacer para convertirme al cristianismo”.

Fueron más de tres años de seminario. En 2008 tomó el nombre de Tommaso, “Al igual que el apóstol, yo también soy un incrédulo, no creo en nada que no puedo ver”. Le ofrecieron trabajo como voluntario y no lo rechazó, ayudaba en la iglesia y ellos le daban algo de dinero. Se instaló en un pequeño apartamento, “Empecé a sentirme bien conmigo mismo, había dejado de drogarme, pero me sentía solo. No tenía a nadie”. Tuvo problemas con su familia por haberse convertido al cristianismo. “Decían que ellos habían matado a mis padres pero se olvidaban que cuando estaba enganchado a la heroína, fueron ellos los que me salvaron. Me recogieron en la calle, me curaron y me dieron un trabajo”.

Navegando por internet alguien se pondrá en contacto con él. Dice que es su hermana, vive en Holanda. No tardará en dejarlo todo e ir a buscarla, por fin alguien con su misma sangre. Ella le contará que comparten madre y le presentará a su familia. “Me dio fuerzas verla, todavía tengo contacto con ella”.

Tommaso delante de la puerta de “El Chiringuito de Dios” Fotografía: Álvaro Sevilla

“¿Qué cómo llegué a Barcelona? Tenía un juicio pendiente, atentado a la salud pública. Tuve que venirme”. Cuando se percató, no tenía ni donde dormir ni un sitio al que volver. Se perdió por las calles de la ciudad. “Dormía en los cajeros hasta que me acerqué al Chiringuito de Dios, nos daban de comer, nos daban ropa. Un día le pregunté a Wolfgang si necesitaban voluntarios”. Lo tuvieron un mes a prueba y luego le dieron un techo bajo el que dormir, la pesadilla había terminado.

Es feliz, le gusta su nueva vida. “Cuando damos de comer a toda esta gente me veo reflejado en ellos, hasta hace poco yo era uno más”. Tras los bombardeos, el monte Igman, el campo de refugiados y el revés de la droga, parece que lo peor ya ha pasado. Cuando dormía en el puerto de Barcelona se acercaba a los turistas y les contaba su historia, no quería que su vida se repitiese dos veces.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s